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Bebés y Mascotas

doriHay dos cosas que me recondenan o recondenaban.

Una: nunca he entendido yo, por qué la gente tiene un montón de fotos de sus hijos cuando eran bebes. Son todas iguales, con décimas de segundo de diferencia y por qué se empeñan en enseñártelas todas. Y ahora con las cámaras digitales se traen el ordenador y te invitan a una sesión fotográfica de un modelo regordete, sonrosado, sin expresión, pues es pequeño. Tu les miras la cara de bobos diciendo ¡ mira, mira esta! Y esta, y esta y esta otra. Y tu ¡ooooh ¡ ¡que guapo! (mentira), ¡ que salao! (más mentira) ¿se parece a su padre? (mentira cochina).

Dos: jamás entendí la tontería tan profunda que debían sufrir las gentes que se dedican a hablarles a sus mascotas como si fueran humanos. Los ves por la calle y son autenticas conversaciones. Yo pensaba, están directamente tontos, ¡anda que a este le daba yo! Y un largo etc de comentarios para mi interior del mismo estilo.

Pues bien, la vida me dio hijos y me vi enseñando las fotos en serie a todas mis amigas y conocidos. Cuando me preguntaban por ellos, yo directamente le sacaba la foto que tenía en mi cartera, en mi móvil, en mi llavero, en mi coche, en mi agenda. Total iba “forrada” de fotos de mis retoños.

Más me ha dado la vida, pues me ha dado una mascota, a la que también hablo como si fuera humano, es mi gato, que yo llamo directamente golfo, pues no para en casa. Me sorprendo echándole broncas, más escandalosas que las que le doy a mi hijo adolescente. Ayer me sorprendí tremendamente en la calle viendo como me miraba un señor con cara de susto, mientras yo le advertía a mi gato de los peligros de la calle y la circulación del tráfico en hora punta.

Creo que ya he aprendido a no decir no, o a no decir “de esta agua no beberé”, pues al final me empacho de ella.

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Mis gafas de “ve” de cerca

doriDesde hace más de un año son mis amigas inseparables, mis mejores amigas. Yo he llegado a esa edad imprecisa en la que selecciono las amigas, pero estas me llegaron sin buscarlas. Son mis gafas de “ve” de cerca. Esas inseparables e incondicionales de mi vida.

Yo fui al oculista con la ilusión de algo pasajero, no para traerme unas gafas puestas de por vida ¡Pobre ilusa! Ya le dije yo, optimista toda, que me las pondría en “un por si acaso”, y el “por si acaso” cada vez es más común. Hasta el punto de que el otro día se me rompió un cristal y yo con el en la mano, parecía que asistía al acto más triste del mundo, casi quise llorar, me sentí agobiada, como si el mundo se viniera encima. Empezaron las taquicardias de pensar que como mínimo tres días entre voy y vengo tendría que estar sin ellas, sin leer, si trabajar en el ordenador, frotándome los ojos, sin ir de tiendas, ahora que llega el otoño y que por lo visto, y siempre según mandato de El Corte Inglés, tenemos que adorar el frio (¡que asquito!), porque ¡a ver! ¿Se han vuelto locos?: Los libros, cada vez tienen la letra más pequeña, ¿será para ahorrar en eso de cortar árboles? Los ordenadores, cada vez tienen como estándar letras más pequeñas, ¿será para ahorrar espacio? Las etiquetas de la ropa, bolso y complementos, tienen los precios cada vez más pequeños, que mas de una que yo conozco, se ha llevado una sorpresa a la hora de pasar la visa, ¡por muy oro que sea!. Las indicaciones de cualquier manual de cualquier aparato, medicina, etc cada vez están en “letrita” más pequeña. Como si no fuera difícil entender la nueva tecnología por sí misma, para aquellos que crecimos con la comba, el aro, la pica etc. Por no hablar de contratos, documentos en los que la “letra pequeña” ya no es una llamada, no, es todo el documento. Y ¡Ya puedes ya!, alejar el documento de tus ojos, estirando los brazos al infinito, que como no tengas unos Gadgeto Brazos vas lista. Yo ya tiro de las nuevas generaciones, o sea mis hijos, como mínimo, para la medicina. Cualquier día, en una de esas, aprovechándose y como quien no quiere la cosa, me mandan al otro mundo por sobredosis. ¡ Ah! ¡Yo no he sido, no me han visto, no tienen pruebas!, como dice Bart Simpson.

Yo entiendo que los lectores de Renegando en su mayoría jóvenes (y que deben andar muy ocupados empezando a vivir, pues no escribe ni Dios por aquí), sean adictos a la play, nintendo, MP4, ordenador de última generación, etc. Yo, me declaro adicta a mis gafas de “ve”. Pues sin ellas no veo ni “dos en un burro”.


Las Bolsas del Super

doriCualquiera diría que paso media  vida en los supermercados. Bueno, voy de vez en cuando, porque en casa tienen la mala costumbre de comer tres veces al día como mínimo.

Si los carritos esos de la compra son imposibles, que decir tiene, cuando llegas a caja, agotada y te encuentras con el problema de las bolsas. Si, las dichosas bolsas que nadie sabe como abrir, por lo menos con la misma velocidad que esa cinta transportadora escupe y escupe alimentos y artículos varios.

A ti, igual que a mí, se te acumulan, se apelotonan, se achuchan  las madalenas, crujen las cajas de huevos y tú, mirando por el rabillo del ojo ese desbarajuste, y venga a darle vueltas a ver por donde abre la bolsita de las narices. Unos opinan que si soplas se abre mejor, otros que si la frotas, otro que si tiras, otros que si buscas una esquinita con cuidado. Yo algunas veces he realizado todo el ritual completo, pensando en la cara de gili que debo tener haciéndolo todo seguido para nada  y no la he tirado al suelo y la he “pateado” de un milagro y nada, ¡que la bolsita no abre!. Cuando ya lo consigues, piensas, “¡como demonios lo hice!”, pues el carro Mercadona va lleno, a este paso no me voy yo de aquí ni a lo hora del cierre. A todo esto, la cola se hace mas grande, los otros, te miran con cara de pocos amigos, llevan prisa y tu sudando con las dichositas bolsas. Yo más de una vez le he preguntado a la cajera si dan cursos acelerados de cómo abrir estas bolsas. Después de muchos años, el otro día, una chica amable del Mercadona, me explico que si tiro de las asas por un lado y del borde inferior por otro, se hace un piquito arriba que te permite abrirlas con facilidad. ¡Diez en el máster acelerado de abrir bolsa del super! ¡Por fin!.


Carritos de Supermercado

doriEstoy pensando seriamente en volver a la vida universitaria. Creo que debía inclinarme por una ingeniería técnica, si, ingeniería de puertos, caminos y canales, como mínimo. O mejor pensándolo bien, debería ser una licenciatura, en física, no, pensándolo mejor en matemáticas, o porque no en Aeronáutica, o en Cuántica. Puedo también, optar por un master, muy de moda ahora, pues creo que no me bastará con un simple cursillo o con la experiencia de otros.

¿Y todo esto con que fin? Pues muy sencillo: conducir bien los carritos de la compra del Mercadona. Si, si, esos monstruos de hierro que se empeñan en ir justo por donde tú no quieres. Aquello en sábado es la guerra. Ves las caras de tus enemigos que vienen en sentido contrario, apretando dientes, sofocado, agarrados a ellos con coraje, empujando y luchando a brazo partido, derrapando en las curvas.

Si, si, parece una exageración, y lo es seguro, pero mira que es difícil. A mi no me valen ninguno de los conceptos aprendidos en mis clases, ni en la práctica diaria de conducir vehículos normales. ¡Es más difícil conducirlos!, ¿quizás si fuera astronauta de la Nasa?, digo yo, que debe ser más fácil pilotar una nave espacial que esto.

Si empujas hacia delante y va cargado no hay quien lo frene. Ni treinta horas de pesas en el gym de elite que tu quieras. No hay bíceps, ni tríceps que lo aguante. Después de corretear por todo el súper, sudandito como una loca, intentando esquivar a otros locos, como yo. ¿Qué pasa, todos en sentido contrario al tuyo? Bordear los grupos de familias al completo, incluido suegras, que invaden los Sábados, esos sitios de recreo familiar. Frenar en el sitio exacto, arrancar de nuevo, esquivar, volver a frenar. Llegas a casa después de dos horas de diversión, sin dinero, con mucho peso, muerta y con ganas de un masaje deportivo como mínimo. Encima en casa no hay nadie para ayudar a la descarga.

Estoy yo pensando, que no voy más a comprar al Mercadona en sábado, sabadote, y que mañana mismo me abro una cuenta segura en un banco y compro por Internet y que me lo traigan a casa.

Adiós amigos del Mercadona, ejercito de sufridores.


Una de probadores

doriMe encanta salir de compras y ahora en Navidad es casi obligado. Pero todavía, no me explico yo, como a los hombres les encanta acompañar a sus esposas o compañeras para ir a comprar “trapitos” para fin de año.

No hay tienda de moda que se precie, donde no te encuentres a un señor en el pasillo de probadores, haciendo de cambiador de ropa, comentarista de moda, perchero humano, o simple mirón. ¿Se los llevan o van voluntariamente?.

¿Qué pintan allí, como helados, con cara de aburridos y de circunstancia?.Juro que me aseguré de que justamente hoy, había partido de fútbol. A mi sinceramente me intimida y me reniegan, pues en mi trajín de ir y venir me tropiezo con ellos, te miran con cara rara. Y para rara la que tiene ellos.

Unos están para cambiarles las tallas a sus señoras, que todavía no se han enterado que por mucho que te guste la talla 40, hace años que la abandonó. Van como zombis, con la ropa en la mano, en busca de una dependienta que les ayude, perdidos en el mundo incomprensibles de mujeres que como yo tienen el ropero llego de ropa. ¿Para qué más?. Juro aquí que ni yo misma lo entiendo.

Otros, están simplemente de percheros humanos, para que sus señoras les pongan sobre los brazos aquello que no quieren.

Otros están para dar su opinión, se les oye, porque en un probador de señoras no hay secretos. ¡Los pobres! como nos van a decir, que el paso del tiempo y la ley de la gravedad hace estragos en nosotras, para que el enfado nos dure todo el día, después de quemar la visa oro. ¿Como nos van a decir, que ese traje de noche, superguay, no nos queda bien?. ¿Como se van ellos a atrever con semejante “fiera” que se mueve entre “modelito” y “modelito”, con el “cabreo” generalizado de “lo que gusta no me lo puedo poner y lo que me puedo poner no me gusta”?.

Yo, me siento incomoda, porque en alguna ocasión, no habría necesitado vestirme completamente, cremallera de pantalón subida incluida y habría bastado con asomar la cabeza y llamar a la dependienta, para pedir, lo que todas pedimos, una talla más. Si señoras, yo también, confieso que no entiendo bien de tallas, altura, peso y edad, sobretodo a partir de cierta edad. Pero, como están ellos allí, formando parte del decorado, una reniega, reniega y vuelve a renegar y se viste como para una boda.

Por estar, están, ¡hasta en los probadores de ropa interior!, que digo yo, que donde se queda el glamour, si te la vieron antes de enseñársela en casa y en la intimidad.

No he probado yo, a invitar a mi marido, para que amplíe su repertorio de vivencias vitales. A ver si cuela.


Atentados contra la especie humana

De todas las armas de destrucción masivas que existan en el mundo hay dos, que mira, que somos raros los humanos y amigos de maltratarnos a nosotros mismos. Tienen que ver con los complementos que usamos los hombres y las mujeres.

Voy a empezar por ellas:

Los zapatos. ¡Vamos a ver ¡ ¿para que queremos ese ejército de zapatos en casa? Hay que ser “masocas”. Altos, altísimos, estrechos, estrechísimos, con tacones de púa, que a ver quien es la guapa que mantiene el equilibrio y el tipo con ellos. Cuanto más sufridos más bonitos. Uno para cada acto y momento y después siempre llevamos los mismos puestos y si no, los llevamos de repuesto a cualquier acto que se precie y en el momento baile, como de “birle-birloque” nos escapamos al coche y ¡zas¡ cambiazo. ¡Ay hipocritillas¡. Los fabricantes se han vuelto locos o qué. No saben que yo sufro una revolución hormonal y que tengo mi propio sistema de tortura natural. No necesito ayuda. Nosotras estamos chifladas o qué. ¿Dónde tenemos el “chip” práctico?. No tiene otra explicación tanto sufrimiento femenino, por no hablar de otras prendas intimas que perduran en el tiempo desde la época de mi abuela y son elementos de compresión corporal, maquinas de tortura particulares.

La corbata: Hay que ser del genero “Gili”, para inventar un complemento que amenaza seriamente con ahogarnos. ¡ Ni que no tuviéramos bastante con la vida diaria! , la hipoteca, la crisis ( ¿He dicho Crisis?, perdón), los niños, el vecino del quinto que invade mi plaza de garaje con ese coche de lujo, la “plasta” de mi mujer con las reparaciones caseras, justito el sábado de descanso, mi suegra, el gato peludo, el compañero plastamonotema y más. Y mira que por mucho que quieran son feas, y si lo piensas bien, ¿Qué pintan en medio de la barrigota?, hay colgando, como si fuera un babaté o una extensión de tu propia lengua y encima atentando contra tu sistema respiratorio y circulatorio. Menos mal que este verano el “lumbreras” de nuestro Ministro de Industria a dado un “indulto” colectivo a los valientes portadores de tal adorno, con la excusa del ahorro energético, la capa de ozono y no se que más. ¡Anda que no es listo este ni “na”!. Si porque no te lo pierdas, encima la tienes que llevar con camisita de manga larga y con chaqueta, eso para remate final de la tortura

Bueno aunque reniego de esto me encantan los zapatos de tacón, en la parte que me toca como mujer y los señores con corbata.


Un día de cine, un paseo por el cabreo

Yo creo que sería más práctico, que la película empezara cuando se sienta el gordo de turno.

Y va esto, porque yo voy poco al cine y no porque no me guste. Es difícil compaginar la vida diaria, niños, marido, visitas inoportunas, etc … con tal deleite de relax, tranquilidad y buen gusto, delante de una pantalla gigante, con un sonido envolvente, con la oscuridad, el silencio, y la emoción de esa peli que esperas hace tiempo, claro, si te deja como digo, el gordo de turno. Y no es que tenga nada contra los gordos, pero ¿tenia que ser precisamente él y no otro que estuviera al final de la dieta?.

Me “pertreche” en mi butaca, las palomitas, el agua, las chuches y el abrigo polar, que esa es otra ¡Dios como ponen el aire!. Estos no entienden de ahorro energético. Se oscureció la sala, salieron los títulos, todo iba bien, “cuatro gatos” viendo la peli, aquí y allí y justito en ese momento interesante que empiezas a arrancar motores cerebrales llega el que siempre viene tarde. No trae la entrada en la mano, no sabe bien en que fila y butaca va, viene con una prole de críos que alborotan lo suyo, no hay luz, no aviso al acomodador y a partir de aquí lo que hace es incordiar a todo ser humano que intenta concentrarse. Cinco minutos tardo en encontrar lo suyo y yo intentando esquivarle, estuve por decirle que si quería lo cojía yo en brazos durante toda la peli. Hubo un momento que se quedo como petrificado mirando la butaca. ¡Anda bobo, si se han caído los números! y no hacia nada, ni buscaba soluciones ¿le habrá dado un “”yuyu”?. Después preguntó al que estaba delante, al que estaba detrás, al que estaba al lado. Encendió la luz de reloj y después la del móvil para ver los números y cuando parecía que ya estaba todo resuelto, resulta que su butaca estaba justo en el otro lado de la fila, justo en el otro lado de la sala. Cinco minutos perdidos, cabreo generalizado, “protesteo” bajo cuerda, rechinar de algún diente, acomodación de nuevo en la butaca, referencias mentales a la pobrecita madre de alguno. Sssssssss. Silencio la peli empezó hace 10 minutos. ¡Que me devuelvan el dinero proporcional o que castiguen al gordo de rodillas por llegar tarde!.